EL GESTICULADOR, DE RODOLFO USIGLI, EN EL FORO CULTURAL CHAPULTEPEC
Rodolfo Usigli, ese dramaturgo que “estuvo enojado con nosotros durante muchos años”, concibió su “pieza para demagogos”, El gesticulador en una clara alusión a la situación política, económica y social que atravesaba el México de finales de los años treinta, inmediatamente posterior al movimiento revolucionario.
Obviamente, ese México no era para nada la nación democrática y justa que se pretendió que fuera tras once años de lucha armada. Por el contrario, ya desde entonces las poco claras intenciones de los hombres en el poder se dejaban sentir entre un pueblo ávido de recuperar a sus héroes recién caídos.
Porque hoy, a casi un siglo después de haber sido planteada por Usigli una abierta crítica al sistema de gobierno postrevolucionario, resulta que México es un país que sigue instalado en el autoritarismo, la represión, el paternalismo y la corrupción latentes desde mucho antes a 1910. Bueno, ahora hay democracia.
Por eso, el que el texto más celebrado de Usigli regrese a la cartelera nacional después de treinta años de ausencia, resulta la triste demostración de que las cosas no son muy distintas a las de principios del siglo XX y que, a principios del siglo XXI, México sigue necesitando recuperar a sus héroes, de recuperar a su César Rubio.
En efecto, el mediocre profesor de historia mexicana César Rubio, homónimo de un célebre caudillo revolucionario muerto en plena batalla, aprovecha el llevar el mismo nombre y estar en la tierra del caudillo, para convertirse en un gesticulador, es decir, en un usurpador de la persona del gran César Rubio, ante todo el pueblo.
A partir de esta curiosa y no del todo verosímil anécdota, Usigli explora los ideales de un hombre aún íntegro, contrastados con la ideología del partido en el poder, ya desde entonces desbaratado. En medio, los sueños, sentimientos y razones de la familia de Rubio (su esposa y sus dos hijos) y del pueblo mismo (alcaldes y diputados)
Estrenada once años después de su escritura y censurada dos semanas después de su estreno (a cargo del muy importante actor y director español Alfredo Gómez de la Vega) por su contenido incómodo, fue hasta 1979 que pudo gozar de una temporada más duradera y exitosa.
Gracias a la dirección de Rafael López Miarnau y la actuación primero de Carlos Ancira y después de Salvador Sánchez (en 1983), la Compañía Nacional de Teatro de aquél entonces fue la encargada de rescatar este texto, tal y como hoy lo hace Antonio Crestani, director y funcionario cultural que da una nueva lectura a este clásico.
En esta, la principal apuesta es la modificación del final de la obra, el cual ahora le pertenece por completo al General Navarro, uno de tantos bandidos que son los verdaderos usurpadores del poder. Su discurso –y su infame acto previo– no está nada lejanos a cualquiera de nuestros actuales gobernantes.
Por lo que se ve en escena, el director trata de conservar la época en que está ambientada la acción. Empero, la escenografía no resulta lo más adecuado para redondear su propuesta escénica, en la que desplaza a sus personajes con una sencillez que resulta burda ante la inconsistencia del diseño escenográfico.
Su mayor acierto radica en la dirección de los actores de reparto, cuyos personajes atienden muy distintos tonos que, por fortuna, los buenos histriones Jorge Ávalos, Irineo Álvarez y José María Mantilla son capaces de dar. A la linda Damayanti Quintanar le falta algo para convencernos en su conflictuado personaje adolescente.
Joaquín Garrido se apropia gratamente del General Navarro, mientras que Verónica Langer es apropiada, aunque quizá demasiado discreta, como la racional esposa del soñador César Rubio. Este, finalmente, es incorporado por el famoso actor Juan Ferrara, quien demuestra en escena sus más sólidas virtudes y defectos histriónicos.
Es notable la comprensión que Ferrara hace del mundo interno del mediocre profesor universitario que, de la noche a la mañana, se convierte en héroe popular y, por ello, candidato a gobernador de su pueblo. Director y actor aciertan al no convertirlo entonces en un ser altivo y fascinado con la idea de poder, sino como el mismo hombre íntegro, ahora al servicio de su gente, tan necesitada de hombres íntegros, como él.
El problema es que Ferrara se queda en la introspección que hace de su personaje y su rango emotivo no es lo suficientemente amplio para proyectar con mayor fuerza el texto de Usigli. Además, luce serios problemas de dicción que hacen ininteligibles varios de sus parlamentos. Algo similar pasa con Julián Pastor y no tiene que ver el que su personaje sea un gringo perdido en el norte mexicano.
Si hay aplausos durante el enfrentamiento entre Rubio y Navarro, es gracias a que Usigli escribió un diálogo que muchos quisiéramos ver en la vida política real y actual, no tanto por la intensidad y la intención con la que es pronunciado por Ferrara.
Sin embargo, el nombre del señor es una garantía de taquilla para este montaje que, con sus fallas y aciertos, cobra importancia por su texto, tan necesario en este tiempo en el que los festejos gubernamentales por el Centenario de la Revolución pretenden borrar todo un siglo de mal entendimiento de lo que fue aquella lucha.
