Tomado de www.elmañana.com.mx

Héctor Bonilla

YO SOY MI PROPIA ESPOSA, DE DOUGH WRIGHT, EN EL TEATRO RAFAEL SOLANA.

 

Si en el México de pleno siglo XXI la discusión sobre los derechos de la comunidad homosexual sigue levantando tanta o más ámpula que en otros momentos de la historia de cualquier país, podría resultar ocioso hablar del respeto y la aceptación que dispensó la Alemania nazi a la diversidad sexual.

Empero, la existencia y, más aún, la supervivencia de un ser como Lothar Berfelde, en medio del nazismo, el comunismo e incluso del neonazismo, ha significado para este sector de la sociedad uno de sus más férreos alicientes para continuar en una lucha por el reconocimiento de su ser y estar en este mundo.

Miembro de esta comunidad absurdamente considerada como una “minoría”, el dramaturgo estadounidense Dough Wright compone un concierto teatral de voces e imágenes meramente sugeridas por el cuerpo y la palabra de un solo hombre en escena, para evocar la vida de Charlotte Von Mahlsdorf, a saber, el travesti Lothar Berfelde.

Yo soy mi propia esposa es el resultado dramático de las conversaciones e intercambios postales que Wright sostuvo con la anciana Charlotte a lo largo de diez años, así como de las propias memorias de ella, consignadas bajo el título que da nombre a este monólogo.

Charlotte habla de una terrible y reveladora infancia, de un crimen que lo llevó a ser encarcelado, de su museo abocado a los muebles alemanes antiguos y, por supuesto, de su interés por ofrecer a su comunidad un lugar de encuentro y diversión, lógicamente clandestino.

Mientras, el propio Wright habla de la fascinación que le produce este personaje de la vida más que real, de su interés por descubrir todo lo que hay detrás de su legendaria persona y, sobre todo, de su desconcierto ante su cada vez más comprobada colaboración con la policía secreta alemana, delatando a amigos y compañeros.

Habla alguno de esos amigos, así como el padre homofóbico de Lothar y la pareja de Wright. Todos ellos ocupan un solo cuerpo, una sola garganta y deambulan por un bellísimo espacio escénico que nos ubica en el museo donde Charlotte recibió las visitas de los interesados en los objetos antiguos y, principalmente, en su propietaria.

Yo soy mi propia esposa, como aseveró Von Mahlsdorf, continúa una muy exitosa temporada en nuestro país, gracias a la muy buena labor que los productores y traductores Juan Torres y Guillermo Wiechers llevan a cabo no solo en el Distrito Federal, sino en varios estados de la República a donde ha salido de gira el montaje.

Y, por supuesto, el éxito de este monólogo se debe a que es el prestigiado actor Héctor Bonilla quien se mimetiza con Charlotte Von Mahlsdorf y con el propio Dought Wright para dotarlos de su propia e inconfundible personalidad escénica y así presentarlos, en un pleno ejercicio de capacidad histriónica, a un público entusiasta.

Gracias a la puntual dirección de la espléndida Lorena Maza, Bonilla se mueve con rigor y precisión sobre el grato espacio escénico confeccionado por Sergio Villegas. No hay oportunidad de ver, como sucede en otras obras de formato comercial que ha protagonizado, al personaje amoldado a la comodidad y recursos del actor.

No. En Yo soy mi propia esposa, Héctor Bonilla realmente es la Charlotte tímida y plena de la bonhomía que dan la sabiduría y los años. Pero también es el amanerado dramaturgo Dough, primero encantado y después asustado ante los matices del personaje que está frente a él, como quizá ante nadie lo había estado.

Y es muchos otros, delineados con menor intensidad que los mencionados, pero que resultan clarísimos ejemplos de lo que es capaz de dar, cuando sabe ser dirigido y es fiel lector del texto, este histrión que lo mismo ha transitado por el teatro, el cine y la televisión, logrando hacer de su presencia una de los más rentables del espectáculo nacional.

Así, en el escenario del Teatro Rafael Solana, mientras Charlotte afirma: yo soy mi propia mujer, Héctor Bonilla bien puede decir, sin problema alguno: yo soy mi propio espectáculo. Porque al atender con humildad al autor y a la directora, en escena se impone con soberbia y la misma dignidad que su enigmático personaje central. 

En temporada.

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