SIGUE LA TORMENTA, DE ENZO CORMAN, EN EL TEATRO CASA DE LA PAZ

 

Tomado de interescena.com

Claudio Lafarga y Miguel Flores

Después de salir de la representación de la obra Sigue la tormenta, un pequeño grupo de jóvenes espectadores hicieron los comentarios pertinentes a lo que vieron, los cuales pueden resumirse en este de una linda güera: “es que Shakespeare, Awschwitz y la campiña francesa como que no tienen mucho que ver con nosotros”…

En efecto, el texto del muy importante –pero desconocido en México- dramaturgo francés Enzo Corman se ubica en la tranquilidad de la campiña francesa, en donde, en 1997, el otrora prestigiado actor Theo Steiner habita desde 25 años atrás, cuando intempestivamente abandonó los escenarios teatrales.

Ahora está frente al niño prodigio del teatro alemán, Nathan Goldring, quien a sus joviales 35 años ha decidido medirse con Shakespeare y montar El Rey Lear. Para llevar a buen puerto su empresa, o más bien, la única forma de llevar a cabo su empresa, es que sea el ya retirado Steiner quien lo interprete.

La tormenta que azota afuera no es más que la metáfora de lo que adentro ocurre cuando Theo rechaza la propuesta y cuando, poco a poco, reticente, irónica y dolorosamente devele ante su joven huésped las razones de su rechazo y, sobre todo, de su exilio voluntario.

Los fantasmas de los campos de concentración en Terezín y de la propia tragedia shakesperiana, aunados a los de la identidad personal y del origen judío de ambos artistas alemanes, permean un diálogo que no ofrece concesiones a ninguno de los dos personajes que lo dicen, ni al público que lo escucha.

Nathan habla desde la arrogancia y soberbia que le confiere el ser un genio de la escena teatral. Theo, lo hace desde la arrogancia y la soberbia que le da el haber sobrevivido a los campos de concentración nazis gracias a su talento histriónico. Y en ello mismo hallan su propio infierno.

Director curiosamente especializado en monólogos, Antonio Algarra encuentra en este el texto preciso para continuar por esta línea, pues amén de la importancia del diálogo sostenido, los contrastantes monólogos resultan fundamentales para comprender los demonios que atormentan a cada uno.

Así, Algarra ofrece un muy puntual trazo escénico, en el cuál ocupa los tres niveles propuestos por Arturo Nava en su confortable escenografía, la cual a su vez se ubica dentro de un visible espacio vacío, con lo que queda completa la idea de que estamos presenciando un teatro acerca del teatro mismo.

De igual manera, el director mueve a sus actores por todo el espacio. La intimidad que requiere el texto en muchos momentos es enmarcada por la iluminación debida también a Nava, la cual, además, nos permite ver los cambios de escena y, por ende, de estadio en los personajes, sobre todo Nathan.

Dichos cambios y matices que requieren los contrastantes –pero al fin del día tan similares- artistas, son dados por los dos espléndidos actores que llevan a la vida el ya de por sí muy vivo texto de Corman.

Claudio Lafarga es un talentoso actor joven a quien deseamos ver más en teatro, porque le creemos sin dificultad su arrogancia de niño terrible, sus reacciones frente a la ironía y los ataques de su admirado actor, su atenta escucha, sus inquietantes pesadillas y desdoblamientos en los que es más el loco Tom (de Lear) que Nathan. Dota de identidad a un ser que, pese a todo, carece de ella.

Pero el texto -y la dirección- fueron construidos en torno a la figura de Theo, ese ser exiliado de sí mismo que, como los verdaderos actores, lleva sus pasiones al límite, incluido el del suicidio, como en este momento de su vida en el que lo vemos y escuchamos gracias al excelente actor que es Miguel Flores.

No cabe más que un sincero agradecimiento para este hombre que ha abocado su vida completamente al arte del teatro -principalmente como actor, pero también como director y docente-, por seguir allí, librando las tormentas que desata tan ingrata profesión. Su Theo Steiner es, en verdad, creación memorable.

Sigue la tormenta es un texto que se fundamenta en la memoria histórica y en la teatral. El Holocausto y Shakespeare son dos asuntos que, ya se ha demostrado sobradas ocasiones, trascienden nacionalismos y se convierten en eventos que han conmovido –y movido- a la humanidad toda, del tiempo todo.

Que Nathan y Theo se hayan encontrado en plena campiña francesa es lo de menos. Habitaban en una granja amueblada que bien puede estar en Francia, en México o en Japón. Lo importante es que allí hablaron de cosas que no sólo les conciernen a ellos como artistas snobs, sino a todos los pueblos que saben de exterminio, de identidad, de demonios y de teatro (el reflejo de estos).

Y, creo, “nosotros” lo sabemos. Sabemos –porque el mundo habitamos– de esas tormentas. Como Lear, a quien en esta espléndida puesta en escena se evoca de manera por demás afortunada.

 

La temporada culmina el 5 de julio